Cuando las emociones crecen contigo.

En esta segunda publicación quiero seguir hablando de las emociones. En la primera definí qué son y sus características principales. Hoy quiero compartir algo más personal, de lo poco que recuerdo de mi infancia. Era una niña atrevida, parlanchina, que decía todo lo que sentía y pensaba. Había una sensación de felicidad constante en mí, pero también coexistía con una profunda rabia.


La felicidad venía de cosas bonitas: jugar, ver algo que me gustaba o simplemente disfrutar de pequeños momentos. Esa emoción estaba “aprobada” en mi casa; sin embargo, la rabia era vista como algo malo. Entendí esto porque en casa siempre había un ambiente cargado de esa emoción. No sabía de dónde venía, pero sí sabía que mi papá era el principal causante. Él tenía una rabia constante que no sabía cómo manejar, y la descargaba en mi mamá o, en parte, con nosotros. Digo “en parte” porque nunca nos pegó a nosotras, las mujeres, pero sí a mis hermanos, especialmente cuando intervenían en las discusiones entre mis padres.


Crecí con esos recuerdos, aunque muchos se han perdido o están reprimidos. Tal vez mi mente los ocultó para protegerme. Aun así, muchas emociones comenzaron a crecer conmigo: rabia, miedo, inseguridad, tristeza… De todas ellas, la inseguridad fue la más presente, como una incomodidad que siempre me acompañaba. Me sentía fuera de lugar, como si no perteneciera a mi familia. No podía hablar de lo que sentía porque no me sentía aceptada, y eso fue muy duro para mí.


Con los años, desarrollé un carácter fuerte, aunque no necesariamente para bien. Escuchaba constantemente frases como: “Nadie te va a querer porque eres así”, “Eres odiosa”, “Eres malcriada”. Esas palabras se tatuaron en mi mente y en mi corazón. Mi mamá, por su parte, siempre intentó ser la mejor madre posible. Pero ella misma no había conocido el amor pleno o respetuoso de una madre.


Yo era la menor de seis hermanos y, según los demás, la más problemática. Respondía mal, me enfrentaba a mi mamá y constantemente causaba conflictos. Ella intentaba hablar conmigo, pero mi rabia y mi ira me impedían escucharla. Todo lo que sentía en ese momento, toda esa frustración, era parte de lo que yo misma había reprimido desde niña.


Hoy, al escribir estas palabras, me doy cuenta de lo sola que me sentí en mi infancia. Llené páginas en mi mente con miedo, tristeza y culpa. Me creí mala persona porque así me veía a través de los ojos de los demás. Sin embargo, esta reflexión es solo el comienzo de un proceso de sanación y entendimiento.

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